Lea el siguiente fragmento de texto y responda a cada una de las interrogantes que
se le pide.
Yeyo va a
explicar su caso. Tiene gestos parcos y voz sin importancia. La gente se
asombra de verle tan humilde. Es de cuerpo mediano, de manos gruesas y cortas,
de ojos dulces. La verdad es que parece avergonzado de la importancia que le da
el público. El juez le mira con fijeza y la gente se agolpa y se pone de pie.
Yeyo está contando su caso con una tranquilidad desconcertante.
Él había oído hablar de Vicente Rosa,
claro. En la región nadie ignoraba su fama; además, lo había visto con
frecuencia. Vicente Rosa era lo que muchos llaman un hombre de sangre pesada.
¿Antipático? No; a él, Yeyo, no le caían los hombres ni mal ni bien; cada uno
es como es y eso no tiene remedio. Pero si le preguntaran qué clase de hombre
le parecía ser Vicente Rosa diría que un abusador. , Cuando estaban
construyendo la carretera de Jima le dieron a Vicente un cargo de capataz y
estableció una casa de juego. Los peones, campesinos ignorantes, muchos de
ellos haitianos, perdían allí el escaso jornal; después caían desfallecidos de
hambre sobre el camino que construían, y Vicente tos arreaba a planazos. Un día
los infelices se negaron a seguir siendo explotados. ¡Mala idea! Vicente montó
en cólera y empezó a repartir machetazos. Algunos quisieron defenderse, pero
aquel hombre era un torbellino. Abrió cráneos, tumbó brazos, seguido de los
seis o siete amigos que les salen siempre a tales fieras, y entre alaridos de
mujeres y de niños echaba por tierra los bohíos y les prendía fuego. Hasta los
montes vecinos persiguió a los aterrorizados peones, y después se las arregló
tan bien con la gente del pueblo que hasta presos fueron algunos de los
perseguidos. Siempre sucede igual, claro, y también le parecía a Yeyo que tal
cosa no tiene remedio.
Lo malo
estuvo en que Vicente Rosa abusó de su fama de guapo. En la gallera nadie se
atrevía a cobrarle si perdía, y cuando entraba en una pulpería el pulpero
rogaba a Dios que se fuera pronto. Lo mismo si estaba una hora que si estaba
diez bebiendo, decía tranquilamente que le apuntaran lo que fuera y nunca se
acordaba de la deuda. En las fiestas le quitaba a los hombres las parejas sin
decir palabra… Un hombre sangrudo, lo que se dice sangrudo.
El caso con Yeyo ocurrió así:
Por las vueltas de Pino Arriba vivía
Eleodora. Toda la gente que llenaba la sala del tribunal vio a Eleodora. Bajo
el pelo de brillante negrura mostraba la frente trigueña; después, las cejas
finas, los ojos pequeños, y la nariz y la boca. ¡Qué boca, Dios! Sonrió dos
veces y la gente se moría porque lo hiciera de nuevo. Era una boca menuda, de
labios carnosos y dientes macizos. Cuando el juez le ordenó levantarse para
jurar, muchos hombres la miraron alelados. ¡Eso sí era mujer! Eleodora miraba a
Yeyo con simpatía y la gente no quería admitir que hubiera algo entre dos seres
tan distintos.
Yeyo era muy firme hablando. El juez
preguntó:
—¿Estaba usted enamorado de la joven?
—Me gustaba —dijo resueltamente.
—Yo le pregunto a usted si estaba
enamorado.
—Eso de enamorarse no es asina, señor. A
uno le gusta lo bonito, pero enamorarse viene de adentro y asigún las
condiciones de la mujer. Tal ve andaba por enamorarme… No se lo puedo asegurar,
pero si el señor me lo permite le diré que lo que pasó hubiera pasao manque
ella hubiera sido vieja y fea.
Descontando todos los circunloquios de
la tramoya judicial, el caso puede sintetizarse así: Vicente Rosa, con su fama
de guapo y sus ojos atravesados, estaba un día dándose tragos en la pulpería de
Apolonio Torres, y allí mismo, sentado sobre una pila de aparejos, fumaba
pacíficamente su cachimbo Yeyo Ramírez. Por dos veces estuvo Vicente mirándole
con sorna. Yeyo, tranquilo, indiferente, le devolvía las miradas. Parece que
Vicente perdió los estribos. Ordenó un trago de cuatro dedos y se dirigió con
él hacia Yeyo.
—iBeba, decolorío! —ordenó.
El joven no movió un músculo.
Simplemente respondió:
—No bebo, amigo.
—¡Beba, le digo! —tronó el guapo.
—Le he dicho que no bebo.
—¡Beba! ¿O no sabe quién le habla?
—Sí, yo lo sé; usté es Vicente Rosa,
pero yo no bebo.
Los tres o cuatro hombres que estaban en
la pulpería se apresuraron a intervenir. Un viejo negro explicó:
—No puede, amigo; ta enfermo.
Yeyo rectificó fríamente:
—Unq unq, no toy enfermo na. Lo que pasa
es que no me da la gana de complacer al amigo.
Vicente Rosa hizo ademán de irle arriba,
pero se le echaron encima los demás y lo contuvieron. Tenía los ojos
fulgurantes como candelas y soplaba como animal.
—Váyase, Yeyo —rogaba el viejo negro.
—No puedo —explicaba Yeyo—, porque ta al
caer una jarina y si me mojo me da catarro.
Hecho un ciclón, Vicente Rosa luchaba
por desasirse de los otros, y hacía temblar toda la pulpería.
—Aquiétese, Vicente, aquiétese
—suplicaba el pulpero.
Sólo Yeyo estaba tranquilo allí. Seguía
fumando con escalofriante serenidad y sus ojos dulces parecían ver el tumulto
desde lejos. Por segundos volvía la mirada hacia el camino real, como si no
tuviera que ver nada con lo que sucedía. El color azul de las lomas presagiaba
lluvia.
1. Busca
en el diccionario cada palabra culta desconocida
2. ¿A
qué obra literaria corresponde el texto?
3. ¿Cuál
de estos escritores es el autor de la obra?
a) Ramón
Marrero Aristy.
b) Juan
Bosch.
c) Freddy
Prestol Castillo.
d) Manuel
del Cabral.
4. ¿Cuál
o cuáles párrafos son descriptivos? Enciérralos en un paréntesis.
5. ¿Cuál
es la temática presente en el fragmento?
6. Elabora
un glosario de frases o palabras que te parecen son parte de la expresión oral
de tu comunidad.
7. Interpreta
tres de esas frases o palabras, según el contexto en que se aplican en el
fragmento.
8. ¿Cuáles
valores se ponen de manifiesto entre los personajes?
9. Señala
tres o más antivalores presentes en el fragmento.
10. Resume
la idea principal en no más de una línea.
11. Qué
tipo de texto es el fragmento que has leído.
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